La hiperactividad racional que caracteriza a la mayoría de los seres humanos actuales, está alimentada por unos valores y exigencias sociales que dificultan el silencio mental, y supone una importante causa de malestar físico y psicológico en la medida en la que dificulta el flujo y elaboración de contenidos psicoemocionales forzados a permanecer en el inconsciente.
El estrés, la ansiedad y la depresión han llegado a convertirse, según la OMS, en las grandes pandemias del siglo XXI. Las enfermedades funcionales desbordan los sistemas públicos y privados de salud, ya que no somos un cuerpo con una mente, sino una unidad cuerpo-mente funcionalmente indisoluble.
La relación cuerpo-mente se materializa en gran medida a través de la esfera emocional, cuyos contenidos se expresan simultáneamente a nivel físico y psicológico.
El miedo, por ejemplo, no es sólo una experiencia psicológica, es una experiencia psicofísica: cuando sentimos miedo el corazón late más rápido, el intestino se contrae, nuestra respiración cambia, etc., debido a las modificaciones funcionales que generan los mediadores neuroendocrinos liberados por emociones concretas.
El organismo es capaz de amortiguar esos cambios funcionales cuando son pasajeros, pero cuando éstos se prolongan demasiado en el tiempo, ese desequilibrio funcional mantenido puede acabar pasando factura en forma de enfermedades.
No sólo los pensamientos o emociones de los que somos conscientes modifican nuestro equilibrio funcional, también los contenidos inconscientes que, a nuestra espalda, activan “resortes” neuroendocrinos específicos, condicionan nuestra experiencia física y emocional, así como nuestra salud.
En el pasado se creía que los genes condicionan inexorablemente la salud (determinismo genético), pero en la actualidad, y gracias a la llamada epigenética, sabemos que la expresión de los genes depende de múltiples factores internos (pensamientos y emociones) tanto como de factores externos (ambientales), cuyo impacto puede ser amortiguado.
Hoy sabemos que factores ambientales como las radiaciones ionizantes, afectan a nuestros genes, y que los pensamientos y emociones también pueden afectar la expresión genética, positiva o negativamente, afectando en consecuencia nuestro grado de salud o enfermedad.
No somos víctimas de nuestros genes, sino participantes activos, tanto en el proceso de enfermar, como en el proceso de recuperar la salud.
Pese a todo, la antigua visión determinista con relación a los genes sigue vigente a efectos prácticos, debido a que la minoría social que se enriquece a costa de la enfermedad ajena no le interesa que la mayoría social asuma la responsabilidad de su propia salud mediante técnicas de autogestión psicofísica positiva.
Los que son conscientes del impacto de sus contenidos mentales en su propia salud, asumen el silencio mental como una herramienta fundamental en lo que a medicina preventiva se refiere.
En mi experiencia, muchas personas, bien sea porque ignoran el impacto de lo inconsciente en su experiencia subjetiva y en su salud, porque carecen del entrenamiento necesario para alcanzar el silencio mental, o porque las circunstancias les sobrepasan en un momento dado de sus vidas, necesitan ayuda para concienciar y gestionar contenidos inconscientes limitantes de cara a minimizar su impacto psicofísico.
Mediante la imaginación activa guiada, esos contenidos inconscientes afloran al consciente, frecuentemente en forma simbólica, lo que permite su interpretación e integración funcional, limitando su influencia en la conducta y en la salud del individuo.
Jung, profundizó en la relación que existe entre ciertos contenidos inconscientes con síntomas físicos específicos, poniendo de manifiesto la relación simbólica que impregna el proceso de enfermar:
“Antes del comienzo de este siglo, Freud y Josef Breuer habían reconocido que los síntomas neuróticos (histeria, ciertos tipos de dolor y la conducta anormal) tiene, de hecho, pleno significado simbólico. Son un medio por el cual se expresa el inconsciente, al igual que lo hace por medio de los sueños que, del mismo modo, son simbólicos. Un paciente, por ejemplo, que se enfrenta con una situación intolerable, puede provocar un espasmo siempre que trate de tragar: “No puede tragarlo”. En situaciones análogas de tensión psíquica, otro paciente tiene un ataque de asma: “No puede respirar el aire de casa”. Un tercero sufre una peculiar parálisis de las piernas: no puede andar, es decir, “ya no puede andar más”. Un cuarto que vomita cuando come, “no puede digerir” cierto hecho desagradable. Podría citar muchos ejemplos de esta clase, pero tales reacciones físicas son sólo una forma en la que los problemas que nos inquietan pueden expresarse inconscientemente. Con mayor frecuencia encuentran expresión en nuestros sueños.”