En lo relativo a emociones e intenciones, en general estamos bastante perdidos, debido a que desde pequeños nos han enseñado a razonar, a memorizar, y a abstraer, pero nadie nos ha enseñado a conocer y a optimizar nuestros propios recursos emocionales para preservar nuestra salud, para pensar de forma más objetiva, y para adaptarnos positivamente a lo que sucede en nuestro entorno.

En general, cuando nos hablan de emociones pensamos en sentimientos, pese al enorme impacto que tienen las emociones en nuestros organismos. Las emociones son el principal elemento conector cuerpo-mente, y las que nos obligan a “vestirnos” en nuestro propio cuerpo, lo que sentimos y lo que pensamos.

Las emociones se podrían definir como respuestas a sucesos reales o imaginarios que se manifiestan simultáneamente como sentimientos y como procesos físicos.

La respuesta física asociada, tiene como fin preparar al organismo para afrontar un suceso concreto en condiciones óptimas, y tiene lugar a través de la liberación de mediadores químicos, como las hormonas y ciertos neuropéptidos, que inciden sobre la expresión de los genes.

Cuando creemos que existe una amenaza, sentimos miedo y se estimula la liberación de adrenalina y cortisol para optimizar los recursos físicos de cara a luchar o huir: el corazón late más rápido, se modifica la distribución del riego sanguíneo dándole prioridad a los músculos, la visión se hace más aguda, etc.

En el reino animal el impacto físico y psicológico de las emociones puede ser muy intenso, pero es bastante limitado en el tiempo, sea cual sea el desenlace final (escape o muerte), lo que resulta muy positivo debido a que las mismas respuestas físicas que ayudan a salvar la vida ante una amenaza, pueden acabar ocasionando enfermedades si se prolongan demasiado en el tiempo.

Cursos de Mindfulness | Dra. Carmen Ochoa

En el caso de los seres humanos, la mayoría de amenazas que experimentamos en la sociedad actual, como el enfrentamiento con un superior o con un compañero de trabajo, no suelen resolverse en un espacio breve de tiempo mediante la lucha, la huida o la muerte, lo que hace que las respuestas físicas y psicológicas asociadas a una emoción se prolonguen en el tiempo, rompiendo el equilibrio físico y psicológico, y pudiendo llegar desencadenar enfermedades.

Esto es debido a que el pensamiento humano rememora los sucesos emocionales desencadenantes de esas respuestas, una y otra vez. Recordamos una y otra vez ese enfrentamiento, lo que reactiva las respuestas físicas y psicológicas asociadas, poniendo en peligro nuestra salud.

También tendemos a ponernos siempre en lo peor, a imaginar el peor futuro o desenlace posible, al margen de las probabilidades reales, lo que resta mucha calidad a nuestras vidas y mantiene activadas las respuestas emocionales que ponen en peligro nuestra salud física y psicológica.

El filósofo y escritor del s. XVI Michael de Montaigne, llegó a reconocer esta realidad cuando afirmó:

“Mi vida ha estado llena de terribles desgracias, la mayoría de las cuales nunca sucedieron”

Resulta sorprendente que las peores amenazas que enfrentan muchos seres humanos en la actualidad ya no procedan de su entorno, sino de su propio pensamiento.

No pensar, supone una gran ventaja para el reino animal en este sentido, ya que ellos no rememoran constantemente los sucesos desagradables ni imaginan amenazas futuras, por lo que no activan y reactivan mediante el pensamiento las respuestas físicas y psicológicas asociadas.

El hecho de no prestarle atención a la esfera emocional, no resuelve el problema debido a que las emociones pueden llegar a hacerse inconscientes y desde ese estrato de la conciencia pueden seguir condicionando nuestra salud y nuestra experiencia subjetiva..

Hoy sabemos que el 90-95% de las emociones, sensaciones físicas, intenciones y percepciones humanas son inconscientes, y sabemos que esa información, desde el inconsciente, condiciona nuestra experiencia, nuestro pensamiento y nuestra salud.

Procesos psicoemocionales como el estrés, la ansiedad y la depresión ejercen un gran impacto sobre la salud física, y han llegado a convertirse, según la OMS, en las grandes pandemias del siglo XXI, así como en la segunda causa de absentismo laboral en occidente.

Informar sobre el impacto de las emociones sobre la salud y sobre la experiencia subjetiva es esencial , ya que sólo cuando aprendemos a conocernos a nosotros mismos, comprendemos que no somos un sujeto pasivo en lo relativo a nuestra salud y a nuestra realidad, sino elementos muy activos y esenciales.

El Mindfulness, tiene su origen en el Satipatthana budista o cultivo de la atención plena al momento presente. No se trata de una reflexión enjuiciadora o valorativa sino de una experiencia de observación que nos permite ganar consciencia de nuestro mundo interno.

La práctica continuada de Mindfulness y la observación progresiva de nuestros procesos mentales libera contenidos del inconsciente lo que incrementa la calidad de nuestra realidad subjetiva, y nuestra salud física y psicológica.

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