Tratamiento Eibia, de Mindfulness asistido

Eibia es una disciplina orientada a reconocer y a gestionar positivamente contenidos inconscientes limitantes, de cara a minimizar su impacto físico y psicológico en el presente.

El principal objetivo de Eibia es acompañar y guiar al paciente en la exploración de sus memorias inconscientes a través de la imaginación activa y de la libre asociación de ideas, con el fin de que éste pueda liberar el dolor psicofísico inconsciente que condiciona su experiencia subjetiva y su salud en el presente.

Esta disciplina, se traduce a efectos prácticos en una mayor capacidad para conectar con la realidad objetiva y para responder positivamente a lo que realmente sucede en el presente, así como en una mejora de los síntomas físicos asociados al desequilibrio funcional que generan esas cargas inconscientes.   

LA BÚSQUEDA DEL INCONSCIENTE

Nadie es consciente en todo momento de todas sus experiencias pasadas, de todo lo aprendido, ni de todo lo que ha sentido o siente. 

Somos conscientes de esos contenidos cuando nuestras circunstancias o intenciones nos inducen a evocarlos, mientras tanto esos contenidos permanecen “almacenados” en la llamada memoria inconsciente.

Llamamos memoria evocativa a la facultad de recordar o concienciar contenidos específicos procedentes de la memoria inconsciente, siempre con relación a nuestras intenciones y circunstancias internas y externas.

La memoria evocativa, se ha clasificado tradicionalmente en dos categorías fundamentales: la memoria explícita y la memoria implícita.

La memoria explícita, se relaciona con la capacidad de evocar contenidos mentales, previamente aprendidos, cuando las circunstancias internas o externas nos inducen a ello. Recordar un número de teléfono, una lección de clase, una receta de cocina, etc. requiere de una intención o motivación relacionada con las circunstancias individuales.

Por el contrario, la memoria implícita implica la intervención de contenidos inconscientes en la realización de actividades concretas, de forma automática y sin necesidad de pensar. Cuando conducimos un coche, montamos en bicicleta o respondemos automáticamente ante una amenaza inesperada, lo hacemos gracias a contenidos de los que no somos conscientes, que lo hacen posible.

Del mismo modo, una forma de memoria implícita es la que hace posible que ciertas experiencias dolorosas del pasado, olvidadas o reprimidas, condicionen lo que pensamos, sentimos y hacemos en el presente sin que seamos conscientes de su influencia.

Como ya he dicho, nadie es consciente en todo momento de todas sus experiencias pasadas, ya que son las circunstancias e intenciones individuales las que inducen a cada uno a evocar los contenidos mentales necesarios para responder de forma adecuada a sus propias circunstancias internas y externas.

Cuando sentimos hambre (circunstancia interna), recordamos la comida de la que disponemos y dónde encontrarla. Cuando hace frío (circunstancia externa), recordamos dónde está el abrigo o cómo encender la calefacción. 

Todos y cada uno de nosotros somos, “nosotros y nuestras circunstancias”.

Para ser operativos con relación a nuestras intenciones y circunstancias, necesitamos seleccionar constantemente la información que aflora al consciente.

“La actividad de la conciencia es selectiva. La selección requiere dirección, pero la dirección requiere la exclusión de todo lo irrelevante. Esto inevitablemente hará que la orientación consciente pase a ser unilateral. Los contenidos excluidos o inhibidos por la dirección elegida se hunden en el inconsciente, donde forman un contrapeso para la orientación consciente… En los sueños, por ejemplo, el inconsciente suministra todos aquellos contenidos inhibidos por la selección consciente, que resultan indispensables para una completa adaptación.”

C.J. Jung

Aquellos contenidos mentales que las circunstancias o las propias intenciones no nos inducen a evocar de forma temporal o definitiva, entran a formar parte de lo que se ha calificado como memoria inconsciente.

C.G. Jung, psiquiatra suizo y padre de la psicología profunda, realizó un mapa fundamental de los contenidos inconscientes, diferenciando dos categorías fundamentales en constante interacción: el inconsciente personal y el inconsciente colectivo. 

En relación con los contenidos del inconsciente personal, Jung afirmó:

“Todo lo que sé, pero en lo que no pienso momentáneamente; todo lo que en alguna ocasión fue consciente, pero he olvidado; todo lo percibido por mis sentidos, pero no está presente en mi conciencia; todo lo que pienso o hago sin intención y sin atención, es decir, inconscientemente; todo lo futuro que se prepara en mí y sólo más tarde llegará a la conciencia… Todas las represiones más o menos deliberadas de representaciones e impresiones dolorosas. La suma de todos esos contenidos yo lo denomino inconsciente personal”.

En relación con el inconsciente colectivo Jung afirmó:

“He elegido la expresión “colectivo” porque ese inconsciente no es de individual sino universal, es decir, que en contraste con la psique individual tiene contenidos y modos de comportamiento que son, cum grano salis, los mismos en todas partes y en todos los individuos. En otras palabras, es idéntico a sí mismo en todos los hombres y constituye así un fundamento anímico de naturaleza suprapersonal existente en todo hombre.” 

Esas propiedades no adquiridas individualmente, sino heredadas, suponen la base de la conducta instintiva y de toda actividad que surge de una necesidad y no de una motivación consciente.

El hecho de ser temporal o definitivamente inconscientes de contenidos mentales específicos, no implica que éstos se hayan perdido, sino que no necesitamos, no queremos, o ya no podemos evocarlos.

Hay contenidos de memoria que no necesitamos evocar durante mucho tiempo, y que caen progresivamente en el olvido. Muchos de ellos podemos recuperarlos ayudados por las circunstancias o forzando el proceso asociativo. 

También hay contenidos dolorosos que no queremos recordar para no volver a experimentar el dolor del pasado, así como contenidos agradables que recordamos con frecuencia para volver a experimentar el bienestar emocional que sentimos en ese momento.

En ocasiones, ciertos procesos patológicos intercurrentes nos impiden recuperar contenidos mentales, lo que no implica necesariamente que éstos se hayan perdido. 

Los contenidos de memoria no son exclusivamente personales, sino una “suma y sigue” en el contexto evolutivo, que trasciende la experiencia individual.

EL INCONSCIENTE EN LOS ANIMALES

En los animales, la conducta instintiva pone de manifiesto la existencia de memorias innatas

Esto es así, debido a que impresiones sensoriales concretas, procedentes de la vista, el oído, el olfato, el sabor, o el tacto, se encuentran espontáneamente asociadas a respuestas neuroendocrinas que condicionan las sensaciones físicas y emociones específicas que experimentan ante circunstancias concretas, y en consecuencia su conducta de potenciación o evitación de la experiencia asociada. 

Su conducta no se relaciona con la identificación de las causas que desencadenan los distintos efectos físicos y emocionales que experimentan, su conducta se relaciona con los propios efectos de esa interacción. Ellos viven inmersos en una totalidad no fraccionada en la que no existe concepto del yo ni del otro. Gebser, en su obra “Ursprung und Gegenwart”, denominó Ursprung a “nuestro origen primordial”, a la totalidad atemporal y aespacial previa al desarrollo de la conciencia.

Los animales no huyen de los depredadores, a los que no pueden identificar como causa de su experiencia física y emocional, huyen para evitar la interacción sensorial y los efectos asociados, y se aproximan para potenciarlos, sin lograr individualizar la causa específica que desencadena esos efectos.

En los seres humanos, surgió como primicia la capacidad de individualizar las distintas causas que desencadenan efectos físicos y emocionales específicos. La razón, o consciencia de las relaciones causa-efecto, permite modificar el entorno para reproducir, evitar o modificar la experiencia física y emocional asociada a una percepción sensorial concreta.

La percepción sensorial de una flor genera bienestar físico y emocional en la mayoría de los seres humanos, de ahí que las cultivemos para reproducir esa experiencia placentera a voluntad. También reconocemos de antemano lo que genera dolor físico, emocional, o incluso la muerte, y tratamos de evitarlo.

La razón y la evolución humana se ha establecido sobre la memoria de individuos que sobrevivieron para reproducirse debido a la calidad de sus asociaciones, y en definitiva debido a la relación positiva que existía entre sus impresiones sensoriales, sus sensaciones físicas, sus emociones y su conducta.

Ciertas experiencias vitales traumáticas pueden distorsionar la memoria emocional de un individuo, de tal forma que ante percepciones sensoriales neutras, o incluso agradables, este experimente efectos físicos y emocionales inapropiados que condicionan su conducta.

Una música neutra, o incluso agradable para la mayoría, puede generar ansiedad a quien tuvo una experiencia traumática en el pasado mientras sonaba esa misma música de fondo. 

Ante experiencias traumáticas, con frecuencia no sólo se asocia la causa desencadenante específica a una respuesta neuroendocrina de amenaza, sino también percepciones sensoriales intercurrentes no causales.

Esta asociación inconsciente, condiciona que ante un estímulo sensorial que no representa una amenaza en sí mismo, el individuo vuelva a experimentar el malestar físico y psicológico que experimentó en el pasado, y puede alimentar reacciones poco adaptativas en relación con lo que realmente sucede en el presente.

El problema, en muchos casos, radica en que el afectado no es consciente de las asociaciones que inducen sus propias reacciones psicofísicas, y en consecuencia se siente impotente frente a ellas.

Muchas experiencias condicionadas por asociaciones inconscientes, pueden resultar extremadamente limitantes, de ahí que su evocación y redirección resulte muy eficaz de cara a limitar su impacto en el presente.

Como dijo Jung: 

“Toda forma de comunicación con la parte dividida de la psique es terapéuticamente eficaz.” 

Debemos tener presente, que muchas asociaciones inconscientes limitantes fueron generadas en el pasado por el niño o el adolescente que fuimos, y aunque ahora como adultos ya no seamos conscientes de esos condicionamientos, estos siguen influenciando nuestra experiencia, nuestra conducta, e incluso nuestra salud en el presente.

Debido al olvido involuntario o la represión, la relación entre la información consciente e inconsciente puede no ser adaptativa, de ahí que el sueño, las sincronicidades y la imaginación tengan una función auto reguladora de la psique orientada a corregir cualquier desequilibrio significativo que pudiera mermar la capacidad de adaptación del individuo a su entorno.

“El fortalecimiento de esa contraposición genera un incremento en la unilateralidad consciente hasta que finalmente los contenidos inconscientes reprimidos hacen su aparición en forma de sueños e imágenes espontáneas. Por regla general, la compensación inconsciente no se opone a la conciencia, sino que más bien equilibra o complementa la orientación consciente. Este acto de compensación inteligente, parte de un inconsciente vivo e inteligente.”

Jung

La compensación, representa un mecanismo fundamental de autorregulación de la conciencia orientado a preservar el equilibrio cuando éste se ve amenazado por la actividad selectiva de la conciencia.

Cuando esa labor del inconsciente no resulta efectiva y se acentúa la unilateralidad de la conciencia, es cuando surgen las neurosis como expresión de un conflicto interno, de ahí que promover la percatación y asimilación de esos contenidos inconscientes inhibidos suponga una herramienta fundamental para restablecer la compensación. 

Jung interpretó la neurosis como el sufrimiento del alma que no ha encontrado su sentido, e identificó la exploración del inconsciente como una herramienta fundamental para su resolución.

Si bien es cierto que en el inconsciente hay contenidos no resueltos, también habita en él una inteligencia autónoma que pone sus recursos y su sabiduría a nuestro servicio (sugerencias, advertencias y soluciones que para la conciencia hubieran sido impensables).

El inconsciente es como un sujeto aparte, con vida, objetivos y conocimiento propio, y cuando hacemos conscientes sus contenidos, nuestra comprensión de la realidad se ve transformada.

El pensamiento creativo hace posible que encontremos nuevas respuestas a viejos problemas, y esto es posible en la medida en la que existe una relación fluida entre lo inconsciente y lo consciente.

Desconocemos el alcance real de nuestra memoria inconsciente, y la magnitud de las respuestas que podemos llegar a encontrar dentro de nosotros.

Sabios y místicos de todos los tiempos han afirmado que la Totalidad yace en nosotros como potencialidad, y que somos nosotros los responsables de actualizar ese potencial poniendo orden en nuestro interior como requisito indispensable de cara a acceder a respuestas que de algún modo ya están en nosotros. 

Según Jung, “El soñador que anhela subir a las claras alturas se enfrenta con la necesidad de sumergirse primero en la oscura profundidad y ese descenso se le revela como una imprescindible condición del ascenso.” 

Dicen que cuando Dios creó el mundo descansó el séptimo día, y puede que descansara para permitir que fuera el propio ser humano el que completara la creación, completándose a sí mismo.

¿CÓMO EXPLORAR, AFRONTAR Y GESTIONAR POSITIVAMENTE LAS ASOCIACIONES INCONSCIENTES LIMITANTES QUE ARRASTRAMOS EN NUESTRO PROPIO INCONSCIENTE?

Del mismo modo que un vaso lleno no se puede llenar más, un consciente lleno de intenciones y pensamientos no puede llenarse con los contenidos inconscientes que pugnan por aflorar al consciente. Esos contenidos, reprimidos por la propia hiperactividad mental, pueden suponer la clave de cara a resolver conflictos inconscientes que condicionan la experiencia subjetiva y la conducta en el presente, así como la clave para reconectar con el sentido de nuestra propia existencia.

El silencio mental o “vaciado” del vaso lleno, tiene lugar cuando modificamos la atención que pasa de centrarse en el ayer o en el mañana para focalizarse en el ahora a través, por ejemplo, de las sensaciones físicas. El silencio mental, aporta una nueva oportunidad para incorporar contenidos al consciente, y en consecuencia una nueva oportunidad para gestionar esos contenidos positivamente, lo que a efectos prácticos limita su influencia negativa sobre la experiencia subjetiva, la salud y la conducta en el presente.

Tratamiento Eibia de exploración guiada

La hiperactividad racional que caracteriza a la mayoría de los seres humanos actuales, está alimentada por unos valores y exigencias sociales que dificultan el silencio mental, y supone una importante causa de malestar físico y psicológico en la medida en la que dificulta el flujo y elaboración de contenidos psicoemocionales forzados a permanecer en el inconsciente.

El estrés, la ansiedad y la depresión han llegado a convertirse, según la OMS, en las grandes pandemias del siglo XXI. Las enfermedades funcionales desbordan los sistemas públicos y privados de salud, ya que no somos un cuerpo con una mente, sino una unidad cuerpo-mente funcionalmente indisoluble.

La relación cuerpo-mente se materializa en gran medida a través de la esfera emocional, cuyos contenidos se expresan simultáneamente a nivel físico y psicológico.

El miedo, por ejemplo, no es sólo una experiencia psicológica, es una experiencia psicofísica: cuando sentimos miedo el corazón late más rápido, el intestino se contrae, nuestra respiración cambia, etc., debido a las modificaciones funcionales que generan los mediadores neuroendocrinos liberados por emociones concretas.

El organismo es capaz de amortiguar esos cambios funcionales cuando son pasajeros, pero cuando éstos se prolongan demasiado en el tiempo, ese desequilibrio funcional mantenido puede acabar pasando factura en forma de enfermedades.

No sólo los pensamientos o emociones de los que somos conscientes modifican nuestro equilibrio funcional, también los contenidos inconscientes que, a nuestra espalda, activan “resortes” neuroendocrinos específicos, condicionan nuestra experiencia física y emocional, así como nuestra salud.

En el pasado se creía que los genes condicionan inexorablemente la salud (determinismo genético), pero en la actualidad, y gracias a la llamada epigenética, sabemos que la expresión de los genes depende de múltiples factores internos (pensamientos y emociones) tanto como de factores externos (ambientales), cuyo impacto puede ser amortiguado. 

Hoy sabemos que factores ambientales como las radiaciones ionizantes, afectan a nuestros genes, y que los pensamientos y emociones también pueden afectar la expresión genética, positiva o negativamente, afectando en consecuencia nuestro grado de salud o enfermedad. 

No somos víctimas de nuestros genes, sino participantes activos, tanto en el proceso de enfermar, como en el proceso de recuperar la salud.

Pese a todo, la antigua visión determinista con relación a los genes sigue vigente a efectos prácticos, debido a que la minoría social que se enriquece a costa de la enfermedad ajena no le interesa que la mayoría social asuma la responsabilidad de su propia salud mediante técnicas de autogestión psicofísica positiva. 

Los que son conscientes del impacto de sus contenidos mentales en su propia salud, asumen el silencio mental como una herramienta fundamental en lo que a medicina preventiva se refiere. 

En mi experiencia, muchas personas, bien sea porque ignoran el impacto de lo inconsciente en su experiencia subjetiva y en su salud, porque carecen del entrenamiento necesario para alcanzar el silencio mental, o porque las circunstancias les sobrepasan en un momento dado de sus vidas, necesitan ayuda para concienciar y gestionar contenidos inconscientes limitantes de cara a minimizar su impacto psicofísico.   

Mediante la imaginación activa guiada, esos contenidos inconscientes afloran al consciente, frecuentemente en forma simbólica, lo que permite su interpretación e integración funcional, limitando su influencia en la conducta y en la salud del individuo.     

Jung, profundizó en la relación que existe entre ciertos contenidos inconscientes con síntomas físicos específicos, poniendo de manifiesto la relación simbólica que impregna el proceso de enfermar:

“Antes del comienzo de este siglo, Freud y Josef Breuer habían reconocido que los síntomas neuróticos (histeria, ciertos tipos de dolor y la conducta anormal) tiene, de hecho, pleno significado simbólico. Son un medio por el cual se expresa el inconsciente, al igual que lo hace por medio de los sueños que, del mismo modo, son simbólicos. Un paciente, por ejemplo, que se enfrenta con una situación intolerable, puede provocar un espasmo siempre que trate de tragar: “No puede tragarlo”. En situaciones análogas de tensión psíquica, otro paciente tiene un ataque de asma: “No puede respirar el aire de casa”. Un tercero sufre una peculiar parálisis de las piernas: no puede andar, es decir, “ya no puede andar más”. Un cuarto que vomita cuando come, “no puede digerir” cierto hecho desagradable. Podría citar muchos ejemplos de esta clase, pero tales reacciones físicas son sólo una forma en la que los problemas que nos inquietan pueden expresarse inconscientemente. Con mayor frecuencia encuentran expresión en nuestros sueños.”